El grupo Orishas durante el concierto organizado por Juanes en La Habana, el 20 de septiembre de 2009. (AP)
Recientemente, el destacado periodista Arturo Arias-Polo publicó un interesante artículo titulado "El sueño de los artistas de la Isla",
acerca del interés de los artistas que residen al sur del muro del
Malecón de venir a actuar a Miami. En realidad, los artistas de Cuba
sueñan con trabajar en cualquier lugar fuera de Cuba, aunque sea en el
Polo Norte; siempre las condiciones económicas van a ser más
favorables. En el caso de Miami, hay algunos factores más favorecedores
que el polo Norte, empezando por el clima, la ocasión de encontrarse
con parientes y amigos, el afecto de antiguos admiradores y, sobre
todo, la posibilidad de ganarse unos dólares. Entre los desfavorables,
está la posibilidad de repudio de ciertos sectores, ya mitigada pero
siempre posible, y las preguntas incisivas de los periodistas sobre sus
posiciones políticas.
Arias hace un interesante análisis de cómo ha cambiado el talante de
los cubanos miamenses ante estos viajes: lo que hace años provocaba
broncas encendidas y hasta bombas, como la que le pusieron a Rosita
Fornés, ahora produce efectos casi imperceptibles. Se acepta a los
viajeros —o, por lo menos, lo hace una parte del público—; en caso
contrario, no vendrían.
Pero nadie se ha preguntado la recíproca: ¿cuál es el sueño de los
artistas cubanos de afuera, especialmente los de Miami, donde se
encuentra el mayor contingente? ¿Alguien les ha preguntado cómo se
sienten con esta recepción amable a los de allá?
No creo que les haga mucha gracia, porque, hablando en plata, el
artista cubano ha sido muy maltratado en Miami, especialmente en los
últimos años. Todavía en los años heroicos del exilio, la primera
generación de los que salieron desde 1960 hasta 1980, se hacían
esfuerzos para ayudar a los artistas cubanos residentes acá: con
sacrificio económico, los cubanos asistían a las actividades que
hombres como Rosendo Rosell, el grupo de Pro Arte Musical y otros
apoyaban, en suma, a la pléyade de talento cubano que existía en esa
ciudad.
Pasaron los años, y muchos de esa generación ya no están con
nosotros, o por lo menos en condiciones de hacer una vida nocturna
activa. Se ha ido acabando ese público. Sus hijos y nietos muchas veces
tienen apetencias musicales que van por otros caminos.
Y muchos de los que vinieron de los años ochenta en adelante
desconocían la trayectoria e importancia del talento artístico cubano
existente en la ciudad, y, por tanto, no les interesaba asistir a sus
presentaciones. Los artistas que llegaron en esa oleada —cantantes como
Mirta Medina, Annia Linares, Malena Burke y otros— encontraron que gran
parte del público no los conocía, y es difícil hacerse de un público en
una ciudad tan desperdigada como Miami.
Por esas razones, entre otras, el sueño de muchos de los artistas
cubanos en Miami puede ser actuar en Cuba, ante el público que
perdieron y que todavía les recuerda, demostrarle a su pueblo lo que
fueron. Pero los de acá tienen, paradójicamente, problemas mayores que
los de allá. Los de aquí, en casi todos los casos, tiene un problema de
conciencia; no quieren ir a cantar en la tierra que, para ellos, no es
libre. No los mueve tampoco un interés económico, como a los de allá.
Bien saben que en Cuba no van a cobrar.
Al parecer, los de allá no tienen esos problemas: la mayoría no
miran a Estados Unidos como el país dispuesto a invadir Cuba en
cualquier momento, e incluso los partidarios del régimen, como Juan
Formell, se tragan sus convicciones ideológicas cuando ven los billetes
con los rostros de Lincoln y Washington.
Parece un problema insoluble, pero no lo es tanto. Durante los años
treinta Cuba era, como siempre, un país exportador de su música. Había
cubanos en España y Francia, en Estados Unidos y algunos en México. A
su vez, este país recibía artistas de todos los anteriores. Tito
Guizar, Pedro Vargas, Toña La Negra y otros eran muy bien recibidos en
Cuba. En la siguiente década, se produjo el milagro del cine mexicano,
que se convirtió de pronto en el más popular en los países
latinoamericanos, a partir de Allá en el Rancho Grande y
otras películas que explotaron el rico folklore de la música mexicana,
como las rancheras. Pero llegó un momento en que se agotó esa veta, y
había que buscar otras.
La solución se encontró al inicio de los cuarenta, ampliando la
temática de las películas para incluir muchas de tema cabaretero, en
que tenía cabida el amplísimo repertorio de música cubana. México se
llenó de compositores, músicos y bailarinas cubanas. Llegó un momento
en que para hacer una película mexicana bastaba, o casi, una rumbera y
algunos percusionistas cubanos, el título de un bolero (preferentemente
cubano) que sirviera de título y, si acaso, un argumento.
Lógicamente, los artistas y músicos mexicanos, que estaban
sindicalmente bien organizados, empezaron a obstaculizar esta presencia
cubana, y, ni cortos ni perezosos, replicaron a los cubanos, alegando
que el número de artistas mexicanos que actuaban en Cuba era también
considerable. En definitiva, como era beneficioso para ambas partes, se
pusieron de acuerdo, y se siguieron haciendo películas mexicanas con
artistas cubanos, y hasta coproducciones entre ambos países. Algo
parecido podría intentarse en este caso e igualmente a nivel de las dos
partes.
Juanes demostró que se puede cantar en Cuba sin concesiones
políticas. ¿Por qué en ese concierto no hubo presencia de músicos
cubanos de Miami? ¿Se les invitó, o alguno se ofreció a ir? En
definitiva, estamos hablando de una tregua, usual aun entre enemigos
acérrimos. En ella, lógicamente, ambas partes ceden algo. En este caso,
los de acá tendrían que pensar que si para ellos es violento ir a
actuar a un sitio del que salieron por falta de libertades, para el
gobierno de ese país es todavía más violento admitir a exiliados que
son opositores al régimen, y admitir que se comuniquen con el pueblo.
El tiempo dirá quién perdió o ganó en este intercambio.
Por otra parte, es posible que el gobierno cubano no acepte la
posibilidad de que cantantes cubanos de afuera vayan a cantar a la
Isla. En ese caso, está claro que no deberíamos continuar recibiendo a
artistas procedentes de la Isla; seríamos tontos, mereceríamos que en
Cuba continúen las cosas como están.