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NICOLAS PEREZ DIAZ-ARGÜELLES: Ni republicano ni demócrata PDF Imprimir E-Mail

By NICOLAS PEREZ DIAZ-ARGÜELLES

Hace un par de días mi amigo Aldo Pardiño me envió un e-mail diciéndome: ``Te escuché por radio decir que te habías hecho ciudadano norteamericano, estoy seguro te inscribirás como demócrata''. Lo siento, Aldo, estás equivocado, en 50 años republicanos y demócratas han hecho muy poco por la libertad de Cuba, seré un independiente, no responderé a ningún partido, y mi apoyo se los daré por encima de las prioridades de política interna, a los candidatos que crea van a ayudar a que se instaure en la isla un gobierno democrático.

Llegué a Estados Unidos el 13 de diciembre de 1978. Después de un largo tiempo en el Presidio Político Cubano me monté frustrado en un avión en Rancho Boyeros rumbo a una tierra que no me pertenecía. Cuando el avión alzó vuelo y todos comenzaron a aplaudir, me pregunté ¿por qué aplauden? Hice el viaje rodeado de risas y felicidad, yo estaba triste. Sin embargo, en cuanto llegué al Tropical Park y vi en las tribunas a mis padres, mis hermanos y mis amigos, se me estremeció el corazón y me sentí agradecido del gobierno de Washington. Por entonces, una gran parte de la opinion pública internacional era castrista. América Latina era cómplice del castrismo. Y la Europa educada y culta, al estilo del canciller español Miguel Angel Moratinos, pensaba que el régimen comunista: censura, cárcel y palos, era lo que merecíaese hatajo de indios y mulatos de la isla mayor de las Antillas. Y en ese instante de absoluta orfandad, quien único nos abrió los brazos a los cubanos fue este pueblo. Eso jamás podremos olvidarlo.

En los primeros meses de pisar suelo norteamericano estaba agradecido a Washington pero no conforme con mi destino. Me sentía desubicado en un paisaje sin palmas, sin aquella brisa, sin aquella música, bajo una bandera con demasiadas barras y estrellas. Me encontraba fuera de mi centro. De mi contexto. Prestado. Mi condición de exiliado político era una honra y renunciar a la ciudadanía cubana, pensaba yo, era como renunciar a Cuba.

Tuvo que pasar mucho tiempo, más de cuatro décadas, para que el amor de mi esposa La China, y el afecto de mi amigo Jorge Gutiérrez Izaguirre y de mi hermano mayor Ramón Mestre Gutiérrez, me convencieran de que si pagaba impuestos tenía derecho al voto. Un voto que no había tenido ni tenía en mi país y que había sido la causa principal por la cual había perdido mi juventud en una cárcel. Ese voto que me daba la facultad de elegir destino y entorno. Ese voto que me hacía un hombre libre. Y sobre todo, ejercer ese voto no en cualquier tierra, sino en aquella donde mis padres habían recibido ayuda en su vejez y mis hijos educación en su infancia y juventud.

Fue un largo proceso de dudas, culpabilidades, replanteamientos. Si había perdido amigos entrañables en la lucha, si había dedicado los mejores años de mi vida luchando por una bandera, ¿tenía justificación que le jurara lealtad a otra?

No estaba dispuesto a hacerlo sin sentir que era un deber, ni dar ese paso tan importante por intereses mezquinos como una seguridad judicial, o por viajar con un pasaporte que te abre las puertas del mundo. Para tomar esa decisión tenía que hacerlo a conciencia, de corazón, sin medias tintas.

Y el inicio de todo fue cuando comencé a involucrarme en la política norteamericana, a opinar sobre ella en El Nuevo Herald, a apoyar tendencias, y un día me levanté y me pregunté si no era una hipocresía de mi parte apasionarme y defender con tanta vehemencia posiciones políticas en esta nación sin tener siquiera el derecho al voto para defenderlas. Ese día, no recuerdo cuál, supe que debía crecer, para que cupiesen en mi conciencia dos lealtades, la lealtad a mi país de origen y al que me había recibido con los brazos abiertos, y donde se mecían las cunas de mis hijos y nietos. Ese fue el instante en que Estados Unidos dejó de ser una tierra prestada y ajena para ser tierra propia bajo mis plantas. Y es que si bien es cierto que existen hombres que les queda ancha una sola ciudadanía, hay otros capaces de amar a dos pueblos, defender dos patrias y honrar dos banderas.

¿Ayudó Barack Obama a que me hiciese ciudadano norteamericano? Tengo que confesar que sí, fue de cierta forma una inspiración. Obama ha cometido errores, ¿quién lo discute? Poner por encima de crear empleos al plan de salud fue un acierto ético pero un error político. Mantener a esta altura el futuro de Cuba en manos de republicanos iracundos nombrados por George Bush y no escuchar los puntos de vista sensatos del exilio demócrata de Miami ha sido otra equivocación. Pero Obama está luchando por los intereses de la mayoría del pueblo norteamericano, por una reforma migratoria y un plan de salud, contra los grandes intereses de Wall Street, las insaciables compañías de seguros y el pulpo farmaceútico, sin olvidar los cabilderos y los intereses especiales. ¿Acaso creemos que el presidente de Estados Unidos, como dije una vez, es Barack el Mago? ¿Queremos que al igual que Dios creó el universo en 6 días y escogió el domingo para descansar, Obama arregle en doce meses el desastre económico, político y social que heredó de 8 años de la administración de George Bush y no descanse ni un segundo? El es un hombre de ideales y principios, que cuando nos propuso ``Sí, se puede'', fue el eco de Franklin Delano Roosevelt cuando dijo: ``El único límite a nuestra realización del mañana serán nuestras dudas de hoy'', y de John F. Kennedy cuando nos señaló: ``No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país''. Tres hombres que han sido capaces de poner al mundo a soñar, a creer en los imposibles, a poner por encima del poder militar el poder moral, y que nos enseñaron que los imperios también tienen alma. Para luchar con el voto por las ideas en las que creyeron esos tres hombres, me acabo de hacer ciudadano de Estados Unidos pero independiente.

 
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