Esta
semana fue emocionante, caí en un operativo de la Policía Especializada
cuando salía del bar del hotel Sant John en el Vedado. Mi delito fue
tomarme un café y conversar con un estudiante de periodismo al que
ayudaba en su tesis de grado.
En el bar noté que el camarero daba demasiadas vueltas alrededor de
nuestra mesa pero pensé que se aburría por la falta de clientes. Sin
embargo, en una ocasión lo veo cuchichear con el recepcionista mientras
ambos nos miran de reojo.
Lo cierto es que al salir nos encontramos con dos agentes de la
Policía Especializada (nunca me quisieron decir en que se
"especializan"). Muy mal encarados nos pidieron documentos y se negaron
a decirnos el por qué de tal medida.
El agente más agresivo comenzó a escribir en su libreta nuestros
datos con una lentitud pasmosa. Lo observé atentamente pero no pude
definir si lo hacía para molestarnos o simplemente porque tiene
dificultades de redacción.
Los
dejé con mi carnet de identidad y crucé la calle en busca de un
funcionario del Centro de Prensa Internacional para que "funcionara"
como traductor, explicándoles a los policías que yo no cometía ningún
delito al conversar con un cubano.
De inmediato apareció un teniente de civil que evidentemente dirigía
el operativo desde las sombras. Tampoco nos dijo por qué se nos detenía
en medio de la calle, ni siquiera el funcionario de la cancillería
logró sacarle una explicación.
Trataron de intimidar a mi acompañante separándolo del grupo. Por un
momento todo resulto muy gracioso, el agente -con el acento típico de
las provincias orientales- le dice al joven estudiante: "¿si tú eres de
Pinar del Río que haces en La Habana?".
(Muchos de estos policías son de la región oriental a pesar de lo
cual recorren las calles de la capital en busca de provincianos que
vivan en La Habana sin permiso de residencia. Actúan con ellos como si
se tratara de extranjeros sin papeles, deportación incluida).
El joven le mostró -por segunda vez- su carnet de estudiante de la
Universidad de la Habana y yo traté de explicarle al policía que este
tipo de acciones dañan la imagen de su país. Su respuesta fue tajante:
"a mí no me importa ninguna imagen y yo puedo pedirle identificación a
quien me parezca".
Presentí que el dialogo sería difícil, que era muy improbable que
los policías pudieran entenderme. Sobre todo porque rápidamente me
acusaron de "sublevarme", lo que según mi diccionario significa
"provocar una rebelión colectiva y violenta contra la autoridad".
Además ya me voy acostumbrando, no es la primera vez que me ocurre.
Tiempo atrás, en el hotel Telégrafo, del Parque Central, otro camarero
se interesó por la entrevista sobre racismo que le hacía a un ciudadano
cubano que, para agravar más las cosas, era negro.
Al salir nos esperaba otro operativo policial. El Centro de Prensa
estaba muy lejos así que terminamos presos, el intelectual cubano, mi
esposa y yo. Antes de subir al coche-patrulla, al "negro" lo cachearon
de pies a cabeza.
La imagen me resultó mucho más aleccionadora que cualquier idea
abstracta sobre racismo. A mi esposa y a mi aquellos policías ni
siquiera nos pidieron que abriéramos los bolsos, era evidente que para
ellos la piel oscura era sinónimo de "peligro".
Pero no fue este el caso de mi última detención, esta tuvo una
connotación política. El joven preguntó y yo le hablé de la situación
del país, del papel de la prensa, del aparato de censura, de la
economía y hasta cometí el sacrilegio de mencionar la palabra "cambios".
Seguramente algo estábamos tramando y los que nos escuchaban
creyeron que había que ponerle fin a la conspiración. Avisados, los
policías "especializados" nos esperan en la puerta del hotel, nos dejan
alejarnos unos 30 metros y nos siguen para atraparnos infraganti.
Lo más gracioso de esta historia es que una de las preguntas del
estudiante había sido si los periodistas extranjeros teníamos
dificultades para acercarnos a los cubanos, le respondí que no. Nunca
imaginé que iba a ser desmentido tan rápidamente. |