By MIGUEL COSSIO
Fidel y
Raúl Castro no pueden evitar dejar de contar cada minuto que pasa para
la próxima nota mortuoria ante el posible desenlace trágico en el caso
de Guillermo Coco Fariñas. Es probable que le endilguen la tarea al
canciller Bruno Rodríguez Parrilla. Después de la predecible respuesta
oficial del parlamento subalterno a la condena europea, según la cual
509 de los 550 eurodiputados de la más amplia gama de colores y banderas
políticas acordaron ``manipular y tergiversar los hechos'' acerca de la
muerte de Orlando Zapata Tamayo y de la huelga de Guillermo Fariñas. El
propósito de la Eurocámara era empañar esa imagen pulcra y cristalina
que tiene en el mundo la revolución cubana. Hasta el momento la
contestación (semioficial) había estado en manos de un par de oscuros
prestanombres que escriben en Granma. Pero los acontecimientos se
han precipitado de manera impredecible (para ellos).
Y ahora los Castro esperan que Fariñas muera, por su propia
voluntad y, como dice uno de los prestanombres, no es ético [sic]
oponerse al deseo de muerte de Coco, tesis que vista desde la
responsabilidad del Estado contradice toda la doctrina humanista de la
práctica médica. Pero para los Castro, la muerte ha sido
siempre una parte sustancial de su retórica, desde el lema de Seremos
libres o mártires, Libertad o Muerte, Patria o Muerte, hasta el
Socialismo o Muerte, y así sucesivamente. Porque hay que entender que la
necrofilia es la esencia de su simbolismo. El argumento
castrista apunta a que se trata de un enemigo del pueblo, al servicio
del imperialismo. Para eso acude al descrédito y la infamia, ni siquiera
directamente, sino por medio de voceros que plantean el peregrino
razonamiento de que hay que respetar el deseo de morir de quien decide
hacer huelga de hambre. Todo ello en contradicción con la idea del
juramento hipocrático, cuya máxima señala el deber de los médicos de
hacer todo lo posible por salvar vidas. En otro lugar y
circunstancia, que no fuese Cuba, el dilema puede resultar polémico.
¿Qué hacer frente a los apocalípticos del sistema, comenzando por Fidel y
Raúl Castro, que ni siquiera recuerdan el juramento hipocrático? ¿Y qué
hacer con los des-integrados que convierten sus vidas y hasta sus
muertes en armas políticas por una causa que estiman justa, tan
importante para el ser humano? Excluido el diálogo, y sin
voluntad alguna de conciliación, el castrismo está apostando al todo o
nada. Si se analiza retrospectivamente, los Castro actúan sólo en
términos apocalípticos, dentro del esquema de dejar al contrario tres
únicas salidas y que son: la resignación o humillación; la rebelión; y,
la muerte o la inmolación. Pero hay un escenario diferente, que
el castrismo no alcanza a comprender. Aunque apele a su fórmula
tradicional. Una situación inédita, no sólo por el hecho, sino por las
circunstancias nacional e internacional. Zapata Tamayo no fue
una inmolación aislada. Fariñas lo está demostrando. Y Félix Bonne
Carcassés ha dicho que será el próximo. Los tres de distinta
procedencia. Los tres negros. El castrismo votó ya por su única
opción, la de la muerte, tal como se observa en la declaración del
Parlamento cubano, que a su vez es un claro mensaje: no nos importan los
disidentes muertos, ni el rechazo mundial. Allá ellos. Deberían releer a
su adorado Marx: ah, viejo topo, por donde vienes a salir. |