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Yoani Sánchez

Háblalo sin Miedo

MONS. AGUSTIN A. ROMAN: 44 años con la Virgen PDF Imprimir E-mail
Artículos
Jueves, 08 de Septiembre de 2011 03:22

Por Mons. Agustín A. Román - El Nuevo Herald - Hace 45 años llegaba yo a la Arquidiócesis de Miami. Me recibió el padre Emilio La Virgen Vallina en la Parroquia de San Juan Bosco, en el edificio provisional en que comenzó. Me mostraron la imagen de la Virgen de la Caridad que había venido de Cuba, y que había presidido la primera celebración pública del exilio en Miami con la presencia de su Arzobispo, Coleman F. Carroll. Me contaron que cada año, desde ese día, se continuaba celebrando su fiesta en el mismo viejo estadio de Miami.

Vi cómo la gente devota continuamente pasaba frente a ella y me contaron también que, después de su llegada en 1961 y hasta comenzar la construcción de la Parroquia en 1962, había servido de consuelo recorriendo los campamentos de la Arquidiócesis donde se alojaba parte de los 14,000 niños cubanos que habían sido recibidos desde Cuba a través del programa Pedro Pan.


En 1966, en la festividad del 8 de septiembre, participaba yo por primera vez en la Misa con los demás sacerdotes y predicó ese día el padre Ángel Villaronga. El Arzobispo, al dirigirse a la multitud de cubanos, les invitó a construir un santuario a la Virgen, a la vez que les ofrecía un terreno junto al mar que nos une con Cuba. En esa época, yo estaba asignado como Asistente en la Catedral de Miami. Allí me enteré que el Arzobispo organizaba un Comité de Recaudación y Construcción para levantar la obra.

El Comité comenzó rápidamente a trabajar con todo entusiasmo, y el 20 de mayo de 1967 se bendecía la primera piedra, esperando terminar la capilla provisional para la fiesta de la Virgen ese año.

Meses después, en septiembre, y con gran sorpresa pues no lo hubiera yo pensado, supe al leer el periódico católico The Voice que me habían nombrado Director Espiritual del nuevo Santuario y, al mismo tiempo, Capellán del Hospital Mercy y Asistente de la Parroquia de St. Kieran.

El día de la festividad de la Virgen me trasladé a la pequeña Ermita que habían construido. Así comenzaba la historia de mis 44 años junto a la Madre de Cristo.

Mi devoción a Ella había comenzado desde mi niñez. En la casa de mis padres, Ella presidía el hogar: el Corazón de Jesús y la Virgen de la Caridad en dos cuadros que nunca faltaron junto a los de nuestra familia. Mi madre siempre nos pedía echarles una mirada a la Madre y al Hijo, pidiéndoles la bendición cada noche.

Al llegar a mi juventud, me incorporé a la parroquia con un grupo de jóvenes de la Acción Católica que el párroco instruía cada semana. Al terminar el Bachillerato y respondiendo al llamado del Señor que ya sentía, entré en el Seminario de Matanzas, donde hice mis estudios de Filosofía. De allí fui enviado a Montreal, Canadá, para hacer mis estudios de Teología, y al terminarlos regresé a Cuba con la ilusión de trabajar por el resto de mi vida en la diócesis de Matanzas que libremente había escogido.

El rosario a la Virgen de la Caridad, meditando la vida de Cristo, lo había rezado siempre cada día, y una noche, sin aviso previo, fui expulsado con mi rosario el 17 de septiembre de 1961 por el delito de ser sacerdote de Jesucristo.

Después de cuatro lindos años como misionero en Chile, donde había vivido el rico proceso del Concilio Vaticano II, llegaba a esta Arquidiócesis. Un año después, y aun pensando en un regreso rápido a Cuba, a mi diócesis de Matanzas, recibía un nombramiento para el que no estaba preparado pues nunca había trabajado en un santuario.

Comencé sin saber a donde iría, pero confiando en la Virgen. Rezaba el rosario y le pedía que intercediera a fin de que encontrara respuestas a lo que el Señor quería. Empecé a recordar mis cursos de misionología en el Seminario. Fui hallando contactos con personas de quienes pronto nos hicimos verdaderos amigos. Los veía cada día más enamorados de la obra y dispuestos a comprometerse sin condiciones.

En marzo de 1968 el Arzobispo nos reunió y organizó con nosotros dos instrumentos: el que ya existía para la construcción y el otro, la Cofradía de la Virgen de la Caridad, que sería el alma del Santuario y que debía vivir y propagar la verdadera devoción a la Virgen María bajo esta advocación. El Espíritu Santo nos había regalado los hombres y mujeres que formarían en el principio la Cofradía, a través de la amistad. Ellos serían el motor principal de esta obra. En junio de ese año 1968 se celebraba el acto de iniciación, y en dos semanas ya había sobrepasado el número esperado de socios.

Al no tener local donde reunirnos, organizaron la Cruzada del Rosario en Familia y cada semana visitaban seis familias, correspondientes a las seis tradicionales provincias de Cuba. El entusiasmo crecía cada día y la Cofradía se hacía conocer mejor a través del trabajo de la Cruzada del Rosario.

El nivel económico en que se vivía era muy pobre. Laboraban en humildes trabajos en las factorías, recogían tomates en los campos, lavaban platos en los restaurantes. El trabajo en sí no faltaba, y la gente ofrecía al proyecto del Santuario la primera hora de trabajo al llegar de Cuba. Los centavos llovían. Se hacían rifas y maratones. La respuesta y la generosidad de la gente eran constantes. Ellos me movían a mí más que yo a ellos. La ilusión era dejar una casa a la Madre Celestial antes de partir de regreso a la patria. No pensaban en su propia casa, pues parecía no ser necesario ya que el regreso lo veían venir cada año.

Así, en 1973, se terminaba la primera parte del Santuario y se bendecía con la presencia del Cardenal Kroll, Arzobispo de Filadelfia, el Arzobispo de Miami, Coleman F. Carroll –quien había esperado la realización de este sueño por seis años–, el Obispo René Gracida, el Obispo cubano exiliado Eduardo Boza Masvidal, un número de sacerdotes y una multitud de fieles que disfrutaba este esperado momento. El Santuario fue hecho por todos, a todos pertenece y todos lo han hecho crecer y mantenerse hasta el día de hoy.

Al llegar a la edad del retiro he podido ver con gusto cómo los nuevos Rectores, primero Mons. Oscar Castañeda y ahora el Padre Juan Rumin Domínguez, han continuado lo que se comenzó al principio del exilio.

El Santuario es la obra de un pueblo que, unido por el amor a la Madre de Dios bajo el título de Nuestra Señora de la Caridad, ha sido capaz de levantarlo, mantenerlo y hacer de él un centro evangelizador donde, viviendo la fe, vamos a Cristo a través de María.

Doy gracias al Señor por haberme permitido acompañar a mi pueblo en esta obra durante 44 años como un testigo más de lo que se puede lograr cuando la Caridad es la fuerza que nos une.

Obispo auxiliar emérito.